/ Pongamos todo en perspectiva // Carlos Villalobos /
En México tenemos una relación bastante peculiar con los desastres; nos organizamos cuando el agua ya entró a las casas, cuando el fuego avanzó sobre los cerros, cuando una comunidad quedó incomunicada o cuando una temporada de calor empieza a cobrar consecuencias que ya no pueden ignorarse. Entonces la solidaridad suele llegar, las instituciones se movilizan y las comunidades encuentran maneras de salir adelante, pero hay una pregunta que pocas veces ocupa el mismo espacio que la emergencia: ¿qué pudimos haber hecho antes para evitar que el problema llegara hasta ese punto?
La pregunta importa especialmente ahora, cuando las advertencias sobre el fenómeno de El Niño comienzan a tomar una dimensión que no deberíamos tratar como un asunto lejano o exclusivamente meteorológico. La Organización Meteorológica Mundial ha señalado que el episodio actual se fortalecerá durante los próximos meses y podría alcanzar una intensidad muy fuerte hacia finales de 2026, con una probabilidad cercana al 100 por ciento de que persista hasta febrero de 2027. Sus efectos pueden alterar los patrones de lluvia y temperatura, aumentar los riesgos de sequías, inundaciones y calor extremo, aunque de manera distinta según la región. No significa que todos los territorios vayan a experimentar las mismas condiciones ni que cada pronóstico equivalga a una catástrofe inevitable; significa que existe información suficiente para prepararnos: urge cambiar de mentalidad
Durante mucho tiempo hemos entendido la prevención como una actividad que corresponde casi exclusivamente a las autoridades, mientras que la ciudadanía aparece en la historia cuando debe evacuar, resguardarse o recibir ayuda. Esa división resulta insuficiente frente a fenómenos que pueden afectar simultáneamente la disponibilidad de agua, la producción de alimentos, la salud, los ecosistemas y la infraestructura. La preparación requiere instituciones capaces de anticiparse, por supuesto, pero también comunidades informadas, familias que sepan cómo actuar y personas que comprendan que prevenir no consiste en vivir con miedo, sino en tomar decisiones razonables antes de que las circunstancias nos obliguen a hacerlo.
El Niño y sus efectos no son nuevos, se han estudiado durante décadas y sabemos que puede modificar las condiciones climáticas en distintas partes del planeta Los pronósticos, por sí solos, no protegen a nadie sin embargo, su valor aparece cuando permite tomar decisiones antes de que el riesgo se convierta en daño.
La protección civil es fundamental precisamente por eso, no debería limitarse a coordinar la respuesta cuando una emergencia ya está en marcha, sino que tendría que ser una pieza central de la planeación pública: identificar zonas de riesgo, actualizar los atlas correspondientes, revisar rutas de evacuación, verificar refugios temporales, fortalecer los sistemas de alerta, coordinar a los municipios y garantizar que la información llegue a quienes realmente la necesitan. También significa evaluar si existen recursos humanos, equipo y presupuesto suficientes para actuar cuando las condiciones cambien. Una alerta que no llega a tiempo, un refugio que no está preparado o una comunidad que desconoce qué hacer pueden convertir un fenómeno natural en una emergencia mucho más grave.
Pero tampoco podemos reducir la protección civil a una responsabilidad institucional, en ocasiones, las acciones preventivas más importantes comienzan con decisiones que parecen pequeñas: evitar tirar basura en la calle, no quemar basura, cuidar el agua disponible, identificar los riesgos alrededor de la vivienda, conocer las rutas seguras y atender las indicaciones de las autoridades. Estas medidas no sustituyen la infraestructura, la inversión pública ni la obligación del gobierno de proteger a la población, sería injusto pedirle a una familia que resuelva por su cuenta todos los problemas en este sentido, pero también sería un error pensar que la prevención puede funcionar sin la participación de quienes habitan el territorio.
También necesitamos dejar atrás la idea de que prepararse es exagerar, ya que cada vez que se emite una alerta, aparecen quienes consideran que las advertencias son alarmistas, que todavía falta mucho o que ya habrá tiempo para atender el problema cuando se acerque. Esa confianza en que las cosas se resolverán sobre la marcha puede parecer práctica mientras no ocurre nada, pero pierde sentido cuando las condiciones cambian y las decisiones que pudieron tomarse con anticipación deben resolverse bajo presión. Prevenir no significa asegurar que todo saldrá mal; significa reconocer que existe un riesgo y que podemos reducir sus consecuencias.
Hay, además, una dimensión económica que conviene no perder de vista, esto debido a que reparar los daños de una inundación, atender incendios de gran magnitud, abastecer de emergencia a comunidades sin agua o reconstruir infraestructura afectada suele implicar costos humanos y materiales que podrían reducirse mediante una planeación oportuna. No todos los daños pueden evitarse, y ningún sistema de protección civil puede garantizar que un fenómeno extremo no tenga consecuencias. Pero entre aceptar que existe un riesgo y resignarnos a sus efectos hay una diferencia importante: la capacidad de prepararnos.
Frente a El Niño, todavía existe margen para actuar, la advertencia no debería convertirse en una invitación al miedo ni en una competencia por anunciar el peor escenario posible. Tendría que servir para revisar lo que sabemos, identificar las zonas vulnerables y establecer prioridades antes de que las condiciones sean más difíciles. Eso implica fortalecer la protección civil, mejorar la comunicación del riesgo, invertir en infraestructura y asumir que la adaptación a las condiciones climáticas no puede improvisarse cada temporada.
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